9.2.10

5 textos del poeta Mark Strand


















Traducción

I

Hace algunos meses, mi hijo de cuatro años me dio un sobresalto. Se había agachado y estaba limpiándome los zapatos cuando alzó los ojos y dijo: «Mis traducciones de Palazzeschi no van por buen camino».


Retiré el pie de inmediato: «¿Tus traducciones? Ignoraba que supieras traducir».


«No me has prestado mucha atención últimamente –respondió–. He tenido grandes dificultades a la hora de decidir cómo quiero que suenen mis traducciones. Cuanto más atentamente las miro, menos seguro estoy de cómo han de ser leídas o comprendidas. Y, dado que soy un poeta incipiente, cuanto más se parezcan a mis propios poemas, menos probable es que tengan alguna calidad. Trabajo sin cesar, haciendo infinidad de cambios, con la esperanza de llegar por algún milagro a la versión adecuada en un inglés que no soy capaz de imaginar. Ha sido duro, papá.»


La visión de mi hijo bregando con Palazzeschi hizo que me saltaran las lágrimas. «Hijo mío –dije–, deberías traducir a un poeta joven, alguien de tu edad, que no haya escrito buenos poemas. De este modo, si tus traducciones son malas, no tendrá importancia.»



II

La maestra de mi hijo en la guardería vino a verme. «No sé alemán», dijo, mientras se desabrochaba la blusa y el sujetador y los dejaba caer al suelo. «Pero siento la necesidad de traducir a Rilke. Ninguna de las traducciones que he leído me parece buena. Si las combinara todas, estoy segura de que podría conseguir algo mejor.» Se bajó la falda. «He leído que Rilke es una especie de Gerald Manley Hopkins en alemán, así que tendré El naufragio del Deutschland a mano. Algo me tiene que influir, a la fuerza. No sé bien qué poemas traduciré, pero me inclino por las Elegías de Duino, pues se parecen más a mis propios poemas. Por supuesto, asistiré a clases de alemán mientras trabaje.» Se quitó las medias. «Bien –preguntó–, ¿qué te parece?»

«Eres una de esas personas –dije–, que piensa que la traducción es una lectura, no del texto original, sino de todas las demás traducciones que están a su alcance. ¿Por qué gastar dinero en clases de alemán si tu traducción se nutre en realidad de traducciones ya publicadas?» Luego, mientras extendía la mano para espantar una mosca de su cabello, proseguí: «Tu estrategia es la del editor: corriges la traducción de otro hasta que suena como tú quieres, sorteando la etapa más importante en la conversión de un poema en otro: el estadio inicial que cifra la originalidad de tu lectura y que consiste en encontrar equivalentes aproximados. Incluso si trabajas con alguien que sepa alemán, no serás más que el editor de esa persona, pues será ella quien dé el primer paso, y, por mucho que racionalice su elección, la habrá hecho de forma intuitiva o automática».

«¿Me estás diciendo que no debería traducir?», dijo ella.



III

«¿Qué sucede?», le dije al marido de la maestra de la guardería.

«He decidido no dedicarme a la traducción a fin de salvar mi matrimonio –dijo–. Había pensado en traducir los poemas de Jorge de Lima, pero no sabía cómo.» Se secó la humedad del labio superior con un pañuelo de papel arrugado. «Pensé que tal vez una traducción debía sonar como una traducción, de modo que el lector supiera que aquello que estaba leyendo tenía una vida anterior en otra lengua y no había sido concebido en inglés. Pero no era capaz de escribir en un estilo que hiciera pensar al lector que lo que estaba leyendo era mejor cuando aún no había pasado por mis manos. Dignificar el poema a costa de la traducción me parece un procedimiento tan perverso como borrar el original con una traducción. No sólo eso», dijo, mientras secaba mi labio superior con el pañuelo, y me acariciaba la mejilla con el dorso de su mano, «sino que si el idioma poético dominante de una época determina cómo ha de traducirse un poema (y en general es así), también ha determinar qué poemas deberían ser traducidos. Es decir, en un periodo dominado por un estilo coloquial y de bajos vuelos, las formulaciones barrocas y exhibicionistas no están bien vistas. Así pues, ¿qué debería hacer un traductor? ¿Debería adoptar un estilo antiguo? ¿O ello resultaría en una parodia de la vitalidad, candor y naturalidad del original? Aunque Jorge de Lima es un poeta del siglo veinte, su variedad de modernismo está pasada de moda y no encaja bien con la poesía que se escribe hoy en día. Hasta donde se me alcanza, con sus poemas no se puede hacer nada.» Y acto seguido echó a andar por la calle hasta esfumarse.



IV

Para huir de este parloteo incesante sobre traducción, me fui a acampar solo en el sur de Utah. Estaba a punto de encender la hoguera cuando un hombre desnudo de cintura para arriba salió de la tienda vecina, se incorporó, y comenzó a cortarse las uñas. «Usted no sabe quién soy –dijo–, pero yo sí sé quién es usted.»

«¿Quién es usted?», pregunté.

«Me llamo Bob –dijo–. He pasado los veinte primeros años de mi vida en Pôrto Velho y creo que Manuel Bandeira es el gran poeta desconocido del siglo veinte. Desconocido, claro está, en el mundo de habla inglesa. Quiero traducirle.» Luego entrecerró los ojos. «Enseño portugués en la Universidad del Sur de Utah; el portugués es una lengua muy necesaria ya que pocas personas saben que existe. Esto no le va a gustar, pero la poesía norteamericana contemporánea no me interesa y no veo por qué esta circunstancia debería impedirme traducir poemas. Siempre puedo conseguir que uno de los poetas locales le eche un vistazo a lo que he hecho. Para mí, lo que importa es el significado.»

Aturdido por sus cejas perfiladas y su fino bigote, le respondí en un tono algo injusto: «Ustedes, los profesores de lengua, son todos iguales. Poseen un conocimiento de la lengua original y tal vez cierto conocimiento del inglés, pero eso es todo. Lo más probable es que sus traducciones sean versiones literales sin resonancia ni personalidad poéticas. Ustedes son los primeros en declarar la imposibilidad de traducir, pero menosprecian cualquier intento de reducir esa dificultad.» Y acto seguido guardé mis cosas, deshice la tienda y regresé a Salt Lake City.



V

Estaba en la bañera cuando Jorge Luis Borges tropezó con la puerta. «Tenga cuidado, Borges –grité–. El suelo es resbaladizo y usted está ciego.» Luego, mientras me enjabonaba el pecho, le dije: «Borges, ¿alguna vez se ha parado a pensar en lo que supone en una afirmación como ‘Traduzco a Apollinaire al inglés’ o ‘Traduzco a De la Mare al francés’? ¿Es decir, que tomamos la obra fuertemente idiosincrásica de un individuo y la vertemos a una lengua que pertenece a todos y a nadie, un sistema de significados tan general que permite no sólo malentendidos sino que se ponga en duda la posibilidad misma de permitir algo más?»

«Sí», me dijo, con aire resignado.

«¿Entonces no piensa –le dije– que es mejor dejar la traducción de poesía a aquellos poetas que sean dueños de un inglés que ellos mismos se han forjado, y que los profesores de lengua, que se sienten responsables de la lengua no en sus alteraciones sino en su totalidad monolítica, son los peores traductores? ¿No sería mejor concebir la traducción como una transacción entre idiomas individuales, entre, digamos, el italiano de D’Annunzio y el inglés de Auden? Si lo hiciéramos, podríamos acabar con esas discusiones irrelevantes sobre quién ha hecho una traducción correcta y quién no.»

«Sí», dijo. Parecía entusiasmarse.

«Digamos, pues –le dije–, que si la traducción es una suerte de lectura, la asunción o transformación de un idioma personal en otro, ¿no sería posible entonces traducir una obra escrita en la propia lengua de uno? ¿No sería posible traducir a Wordsworth o Shelley a Strand?»

«Descubrirá usted –dijo Borges– que Wordsworth se niega a ser traducido. Es usted quien debe ser traducido, quien debe convertirse, por mucho tiempo que le lleve, en el autor de El Preludio. Esto fue lo que le sucedió a Pierre Menard cuando tradujo a Cervantes. Él no quería componer otro Quijote (lo que sería fácil), sino el Quijote. Su admirable ambición era producir páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea– con las de Miguel de Cervantes. El método inicial que concibió era relativamente sencillo: aprender bien el español, abrazar de nuevo la fe católica, guerrear con los moros y los turcos, olvidar la historia europea entre 1602 y 1918, y ser Miguel de Cervantes. Componer el Quijote a comienzos del siglo diecisiete era una empresa razonable y necesaria, tal vez inevitable; a comienzos del veinte era casi imposible.»

«No casi –le dije–, sino totalmente imposible, pues a fin de traducir uno debe dejar de ser.» Cerré los ojos un segundo y me di cuenta de que, si dejaba de ser, nunca podría saberlo. «Borges…» Estaba a punto de decirle que la fuerza de un estilo debía medirse por su resistencia a ser traducido. «Borges…» Pero cuando abrí los ojos, él y el texto al que había sido llamado llegaron a su término.


*

Mark Strand (Prince Edward Island, Canadá, 1934) es uno de los principales poetas estadounidenses. Autor de una decena de poemarios, obtuvo en 1999 el Premio Pulitzer con Blizzard of One (1998; Ventisca de uno). Este ensayo, originalmente publicado en su libro de poemas The Continuous Life (1990; La vida continua), ha sido recogido con posterioridad en The Weather of Words (Alfred A. Knopf, 2001; El clima de las palabras), reciente compendio de su obra crítica.

En España han aparecido dos notables muestras de su poesía: Aliento, edición de Julián Jiménez Heffernan, 4 Estaciones, Lucena, 2004; y Sólo una canción, selección, traducción y prólogo de Eduardo Chirinos, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2004. Precisamente en el volumen de Pre-Textos se incluye una traducción de la sección quinta de este ensayo, aunque mi lectura se aparta en varios puntos de la de Chirinos.

26.11.09

Afiche del Foro Internacional Conmemorativo. Facultad de filosofia Universidad de La Laguna. Islas Canarias - España, 2009. Arte Leo Lobos.



30.10.09

poema de Jiddu Saldanha (Brasil, 1966)


Dos crisálidas

Por Jiddu Saldanha

*

Traducción al castellano

Leo Lobos

*

Lágrima de gratitud


ver en la mirada del poeta


frío de mayo




El poema atraviesa


paredes imaginarias


dos crisálidas




En el encanto de la noche


una voz susurra


el aullido de la Luna




Gotas de lluvia


desaguan invisibles


transparencias





Sobre el papel


duerme en calma el pincel


hojas al viento

*

Santiago de Chile, mayo de 2009.

27.10.09

poema de José Emilio Pacheco

Exodo
En lo alto del día
eres aquel que vuelve
a borrar de la arena la oquedad de su paso;
el miserable héroe que escapó del combate
y apoyado en su escudo mira arder la derrota;
el náufrago sin nombre que se aferra a otro cuerpo,
para que el mar no arroje su cadáver a solas;
el perpetuo exiliado que en el desierto mira
crecer hondas ciudades que en el sol retroceden;
el que clavó sus armas en la piel de un dios muerto
el que escucha en el alba cantar un gallo y otro
porque las profecías se están cumpliendo;
atónito y sin embargo cierto de haber negado todo;
el que abre la mano
y recibe la noche.
*
José Emilio Pacheco
Poeta y ensayista mexicano nacido en Ciudad de México en 1939.
Empezó a brillar desde muy joven en el panorama cultural mexicano, gracias a su dominio de las formas clásicas y modernas y al enfoque universal de su poesía.
Además de poeta y prosista se ha consagrado también como eximio traductor, trabajando como director y editor de colecciones bibliográficas y diversas publicaciones y suplementos culturales. Ha sido docente universitario e investigador al servicio de entidades gubernamentales.
Entre sus galardones se cuentan: Premio Nacional de Poesía, Premio Nacional de Periodismo Literario, Premio Xavier Villaurrutia, Premio Magda Donato, Premio José Asunción Silva en 1996,el Premio Octavio Paz en el año 2003, el Premio Federico García Lorca 2005, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda en 2004 y la XVIII edición del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2009.
De su obra poética se destacan: «Los elementos de la noche» en 1963, «El reposo del fuego» en 1966, «No me preguntes cómo pasa el tiempo» en 1969, «Irás y no volverás» en 1973, «Islas a la deriva» en 1976, «Desde entonces» en 1980, «Trabajos en el mar» en 1983, y «El silencio de la luna» poemas de 1985 - 1996.

23.9.09

Domingo Acosta - poesía

A Leo Lobos
El horror es un hijo del verdugo
y el grito de la víctima;
dolor que no rompe su mordaza
ni el cepo de los siglos.
Oh corazón de estrellas y de arena
¿de qué pueblo es esta sangre?
¿con qué dicha sanaremos?
A Angélica Santa Olaya
Me gustaría ser una persona
con un instinto razonable,
vivir como una especie diferente,
no siento casi nada como ellos.
Y aunque el dolor injusto sea casi todo femenino
o digan que está lejos,
también es mío, sí,
también el otro, por supuesto,
duele en el alma y en las huellas,
donde el futuro no es pasado
y te avergüenza.
*
De: Del mar de nadie, libro en preparación del poeta Domingo Acosta (La Palma, Islas Canarias, España, 1957). Arte: Leo Lobos.

6.8.09

Chris Herrmann - poesía

Haikus
Por Chris Herrmann
Traducción al castellano y arte por Leo Lobos
Abrazando las aguas,
el volcán se distrae con el cielo
apunta la acuarela.
Silencio en el árbol
la alegoría de los colores
emplumando el paisaje.
Barquito revela
sus deseos más profundos
en las olas del mar.
Un cocotero cae.
Cae sonriendo al duro suelo
es haiku maduro.
La araña teje
su red de sueños
luego duerme.
Una garza blanca
vino al sueño del niño
balanceando el cielo.
La luz de tu fuego
anochece al demonio,
amanece a dios.
La semilla cae.
Olvidándose del dolor
vuelve a disfrutar.
Y recae una gota
de sol en su corazón:
haiku de verano.
La nostalgia corta
la luna llena en dos
: mitades vacías.
Chris Herrmann
(Río de Janeiro, Brasil, 1963). Christina Herrmann estudio Artes en la Universidad Federal de Río de Janeiro, Marketing y Publicidad en la Escuela Superior de Propaganda y Marketing de Río de Janeiro, Administración Básica de la Fundación Getúlio Vargas, música y piano en el Conservatorio Brasileño de Música de Río de Janeiro. Además de estudios de webdesign y de idiomas como alemán, inglés, italiano, castellano y esperanto. Ha participado en antologias en Brasil, España y los Estados Unidos. Entre ellos, 5 libros en colaboración con Ademir Bacca, fundador y director del Congreso Brasileño de Poesía, en la ciudad de Bento Gonçalves, en el Estado Rio Grande do Sul, Brasil, los años 2006 y 2007. Ha publicado el libro: Voos de Borboleta (Vuelos de Mariposa), una colección con 178 haikus en portugués, Italiano y esperanto, publicado por la editora Protexto en Brasil, el que será presentado este año en Alemania. Su obra ha sido traducida parcialmente al alemán, castellano, italiano, inglés y esperanto. La presente selección y traducción de Leo Lobos de haikus de Chris Herrmann, ha sido preparada especialmente a solicitud del multi-artista brasileño Jiddu Saldanha, para la preparación de un proyecto audiovisual bajo su dirección y producción ejecutiva. El libro de Chris Herrmann se puede adquirir a través de esta dirección de la editorial Protexto: http://www.protexto.com.br

21.7.09

Antonio Arroyo Silva

CONVERSACIÓN TRAS EL OTOÑO
(…)” Madre que canta y encanta, que entona la voz junto a la cuna, en la proximidad ante todo corporal, contacto de la piel en sus caricias, saboreo de pecho maternal. Lo primero, oír la voz, no saber qué significa, no ver nada, pero sentirse atraído por esa nada, misterio de la palabra tan pronto dicha como disuelta en el ámbito de la sombra, todavía difícilmente reconocible, del propio dormitorio un sueño en que caer.”(…) Jorge Rodríguez Padrón
Así, desde el nacimiento, desde el recuerdo y su raigambre en la palabra poética, nos introduce Jorge Rodríguez Padrón en la poesía de Osip Mandelstam. Las palabras, las verdaderas, las que respiran, duelen cuando nacen en el poema, cuando inauguran la respiración de quien las escribe.
Dicen que el dolor más profundo es el de nacer, pero al mismo tiempo el más íntimo porque une a la madre para siempre (en el dolor) y por ende a toda la humanidad. He aquí una parte en el dolor humano como declamaba Domingo Rivero. Compartir el dolor, desasirse para inaugurar el mundo de las sensaciones primeras…pero llevar el recuerdo enquistado en el subconsciente y renacerlo en el poema.
Dicen que Danielle Sotto, nuestra insigne estudiosa de la poesía de Pedro García Cabrera y del Movimiento Surrealista en Canarias, estaba en posición fetal cuando la encontraron muerta en su casa. Que “recordó” el momento de su nacimiento, el parto. Dicen que se tomó muy en serio el psicoanálisis, que las consecuencias de éste en el surrealismo y, concretamente, en su persona fueron el detonante de su destino trágico. Es muy cómodo y útil, luego, a partir de estos hechos, crear estereotipos para que los versos salgan de un molde preestablecido. Lo difícil es crear: no lidiar, quedarse en ese momento de la caricia cuando la palabra es apenas un roce de la lengua por el pecho materno, como dice Jorge entre otras cosas. Qué gran sabiduría la de esta persona, que ha renunciado a su palabra poética (dice) para dialogar con el viejo Osip en dos días de otoño. Conmigo también lo ha hecho. Cuántas veces me ha tirado de las orejas en sus cartas cuando mi camino se iba por los derroteros antes mencionados. Nunca me dijo:”esto es así o así.”Sólo: “el poeta eres tú: asúmelo o déjalo” Bastó con eso pero qué ternura aprecio en sus palabras. Él me enseñó a ponerme los zapatos de la Madre Tierra para ocupar mi territorio (mi habitación) y a defenderlo contra el enemigo más contumaz y encarnizado que soy yo mismo.
Quien no quiera oír el silencio detrás de sus palabras, que no lo oiga; pero que se quede ciego y sordo. Que no saboree ni huelle ni huela. Está en posición fetal, no como Danielle, sino como sí mismo.
Antonio Arroyo Silva,
Sardina, 24 de junio de 2009
Antonio Fernando Arroyo Silva nació en Santa Cruz de La Palma el 21 de septiembre de 1957, isla de La Palma, Canarias, España. En dicha ciudad hizo sus estudios de Primaria y Bachillerato. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna. Actualmente es profesor de Lengua y Literatura Castellanas en el Instituto de Enseñanza Secundaria de Santa María de Guía desde hace más de veinte años.